Esto no es Berlín en defensa del cine mexicano

 

He escuchado muchas veces la siguiente frase: “a la gente no le gusta el cine mexicano”. Craso error, pues las películas nacionales que llegan a cartelera comercial tienen muchísimo éxito. De hecho, muchas personas asisten al cine únicamente en búsqueda de cintas hechas en el país.

Sin embargo, entiendo el sentido de la mentada frase. Quieren decir que a la gente le gusta sólo un tipo de cine mexicano: la comedia romántica formulaica. No obstante, cuando se dice esto se pierde de vista un asunto fundamental: no es que el público tenga una pasión innata por las ridículas cursilerías que se han adueñado de los cines, sino que han sido condicionados para consumir sólo este tipo de historias.

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Entonces, el conflicto no son los gustos de las audiencias, sino la imposibilidad de acceder a otro tipo de contenido –que sólo llega a festivales o que permanece por muy poco tiempo en contadas carteleras–.

Esto tiene que ver directamente con los intereses económicos de las grandes cadenas comerciales y con la falta de interés de parte de las autoridades por defender al cine mexicano ante la desigualdad de condiciones para su exhibición. El cine extranjero ocupa al menos el 90% de las carteleras y el 10% restante lo acapara el mismo gremio de siempre –el de las comedias románticas–.

Así que no parece muy lógico culpar a las audiencias; tampoco se trata de pensar que en México sólo se producen películas que siguen una misma fórmula. El problema va mucho más allá y tiene que ver directamente con quienes deciden qué se exhibe y qué se descarta.

Por supuesto, existen algunas excepciones. Me viene a la mente el caso de Esto no es Berlín, de Hari Sama, por mencionar un ejemplo. Una cinta que se presentó en distintos festivales y que ahora ha logrado colarse en la cartelera nacional.

La película le da un giro a la narrativa audiovisual convencional y, además, rompe con el esquema temático de siempre. Es una gran bocanada de aire para el cine mexicano, pues demuestra que las barreras que se le han impuesto pueden ser derribadas.

Esto no es Berlín, en palabras de su director, “es una mezcla entre lo narrativo y la experiencia sensorial inmersiva”. Hace algunos días, tuve la oportunidad de platicar con el realizador y hablamos de la estructura del libreto de la película. Me comentó que primero se llevaron a cabo tres tratamientos para definir la estructura argumental de la obra y, posteriormente, durante el rodaje, se llevó a cabo una especie de performance –con elementos que no aparecen en el guion, sino que corresponden a un impulso creativo– que busca generar un impacto en el espectador.

No me queda más espacio, así que debo concluir. Son precisamente este tipo de propuestas, como Esto no es Berlín, las que enriquecen a la comunidad cinematográfica y llevan a los espectadores a salir de su zona de confort.

La culpa del desencuentro entre el cine mexicano ‘no convencional’ y las audiencias no es de los espectadores ni de los cineastas, sino de aquellos que han convertido al cine en un nicho reducido y excluyente.

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